viernes, 16 de octubre de 2015

ARABIA SAUDITA UNA MONARQUÍA TULLIDA Y RANCIA


Nota de MB.
15-10-15

Para conocimiento general y sobre todo de la militancia (MLM), reproducimos este artículo que explica el origen de la actual política reaccionaria, pro-imperialista y pro-terrorista de Arabia Saudita como producto de la instalación de una monarquía absoluta “tullida y rancia” que utiliza a la rama Sunnita del Islam, en beneficio de los intereses genocidas del imperialismo.

ARABIA SAUDITA
UNA MONARQUÍA TULLIDA Y RANCIA

Rebelión


El wahabismo, que se confunde en el seno saudí con una práctica política y religiosa, es una doctrina intolerante con todas aquellas creencias que no se subordinen a su visión del mundo y su interpretación del Corán. Un credo que señala como incompatible cualquier otra filosofía religiosa que sea contraria al sentido salafista y que es considerada por el Wahabismo como una anatema.
Esta visión de mundo hunde sus raíces en el siglo XVIII cuando el jeque Muhammad ibn Saud convirtió en ley fundamental de su dominio el catecismo de una secta fundamentalista sunní creada por Muhamad Ibn al Wahab -el Wahabismo-, doctrina que encontrará en la Casa al Saud y su Monarquía el catalizador para tratar de expandir su ideología en el conjunto de la Umma. En el siglo XX dicha creencia se consolida cuando la familia al Saud, apoyado por Estados Unidos e Inglaterra, funda el moderno Estado Saudí bajo dos puntales esenciales: la explotación del petróleo a partir del descubrimiento de enormes yacimientos del oro negro en la zona de Dammam y la alianza política y militar, que comienza a ser tejida con Washington y sus aliados del Bloque Occidental, que tras el fin de la Segunda Guerra Mundial se fortalecen deviniendo, junto a Israel, en dos de las entidades de Medio Oriente con las alianzas más férreas en el plano político y militar.
A la par de recibir los beneficios de la explotación del petróleo saudí, Estados Unidos permite a Riad comenzar a tejer una red de ampliación de su dogma religioso a través de escuela coránicas -madrasas– en una expansión del wahabismo haciendo fluir generosamente los dineros provenientes del petróleo, no importando si esa decisión de expansionismo político-religioso creaba criaturas como Al Qaeda y el Actual Estado islámico de Irak y el Levante –Daesh en Árabe– como ha sido constatado en forma dramática y dantesca en las agresiones a Libia, Siria e Irak.
Al Saud: el estado soy yo
En Arabia Saudita, la suerte de 29 millones de habitantes está íntimamente ligada a las decisiones que la familia real –que conforma una Monarquía Absoluta dirigida por el Rey Salman bin Abdulaziz al frente de uno cuantos miles de miembros entre príncipes, jeques y sus familias– que ha consolidado un Estado, que no sólo asume el nombre de la casa reinante sino también una Monarquía absolutista donde esa familia reúne todos los cargos del gobierno en un reparto que saca a la luz las ambiciones y deseos, como quedó demostrado tras la muerte, en enero pasado, del nonagenario rey Abdolá bin Abdulaziz al Saud: Uno de los hijos del que fuera fundador de Arabia Saudita como Estado el año 193, Abdelaziz bin Abderramán al Saud, conocido como Ibn Saud y quien reinó hasta el año 1953.
Ibn Saud contó con 32 esposas con las cuales concibió 53 hijos y 36 hijas, y alrededor de 500 nietos. El núcleo más importante dentro de este numeroso grupo de descendientes recibió el nombre de Clan Sudairi, denominación que se utiliza, comúnmente, para designar la alianza de siete hermanos de plenos derechos y sus descendientes dentro de la familia real de Arabia Saudita. Hijos de Hassa bin Ahmad bin Muhammad Al Sudairi, miembro de la familia Al Sudairi, una de las más poderosas del Reino de Nejd con quien tuvo siete hijos varones: Fahd, Sultan, Nayef, Abdulk Rahman, Turki, Salman y Ahmed. Además de cuatro hijas: Lulua, Latifa, Aljawhara y Jawaher.
Tras la muerte del fundador de Arabia Saudita el año 1953, Ibn Saud, le sucedió su hijo mayor, Saud bin Abdulaziz estableciendo así las reglas de sucesión dinástica, que han signado la transmisión del poder a hermanos y luego a hermanastros, que es confirmado por un consejo de familia. Saud fue derrocado y enviado al exilio por su hermano menor Faisal bin Abdulaziz el año 1964. Este gobernó Arabia Saudita hasta el año 1975 apoyado en este Golpe de Estado por una familia que ya comenzaba a ser cegada por el embrujo de los cientos de millones de dólares que daba la explotación del petróleo y que veían en Saud bin Abdulaziz y su incompetencia un peligro para su estilo de vida y sus ambiciones regionales.
Lo señalado es la misma visión que se tiene hoy del Rey Salman quien ha sido acusado de incompetente por miembros de su propia familia, que han declarado en forma anónima a medios como el Inglés The Guardian que es necesario sacar a Salman del primer plano. ¿Se preparará un Golpe de Estado al amparo de las dificultades de una Arabia Saudita que debe contender frente a la baja del precio del petróleo, sus agresiones a Yemen y Bahréin y las propias dificultades que significa la política de alianzas con Israel y Turquía en su agresión a Siria?
El año 1975 el rey Faisal fue asesinado por un sobrino, sucediéndolo otro hijo de Ibn Saud, Jalid bin Abdulaziz quien gobernó hasta el año 1982, cuando ocupó su lugar su hermano Fahd bin Abdulaziz, quien estuvo al frente de esta casa monárquica hasta el año 2005. Año en que Abdolá bin Abdulaziz pasó al frente de la Monarquía Wahabita. Con Abdolá se consolida una política de alejamiento del mundo árabe, de fuertes presiones junto a Israel y Estados Unidos contra la República Islámica de Irán y acercando posiciones a la política de agresión a Yemen y Bahréin. Unido al abandono de la causa del pueblo palestino y el sostén dado a Monarquías como la Marroquí en sus afanes de expansión en el mundo magrebí, la ocupación del Sahara Occidental y la desestabilización de gobiernos árabes como el Libio, junto al apoyo a grupos terroristas que son la principal amenaza hoy para el mundo musulmán.
Un despacho estadounidense -el denominado documento nº 242073- enviado por la Secretaria de Estado dirigido, en ese entonces, por Hillary Clinton a sus Embajadas de Riad, Abu Dhabi, Doha, Kuwait e Islamabad, el año 2010, y dado a conocer, junto a otros 1.100 cables por diversos medios de comunicación en el mundo, confirmó lo que era un secreto a voces y que sustenta la acusación contra la Casa al Saud como principales financistas del terror takfirí en el Magreb, Medio Oriente y Asia Central: “los donantes de Arabia Saudita constituyen la fuente más significativa de financiación de los grupos terroristas suníes en todo el mundo…aunque Arabia saudita se toma muy en serio la amenaza del terrorismo interno, ha sido un continuo reto convencer a los funcionarios de ese país, para que aborden el financiamiento terrorista que emana de Arabia Saudita como prioridad estratégica. Este país continúa siendo una base de apoyo crítico para Al Qaeda, los talibán, Lashkar e Tayba y otros grupos terroristas, que probablemente recaudan millones de dólares anualmente de fuentes saudíes, a menudo durante el hach y ramadán”.
Cortar ese suministro, es una de las tareas que el gobierno de Washington le exige al Rey Salman bin Abdulaziz, cuestión que se vislumbra imposible, no sólo por la simpatía que este monarca siente por el desarrollo de estos grupos salafistas, sino por la creciente influencia de los miembros más radicales de su corte en materias de ir consolidando un régimen donde la influencia occidental no tenga la preeminencia que tuvo con Abdolá. Para ello, el arma principal con que cuenta la Casa al Saud es su riqueza hidrocarburífera. Arabia Saudita controla el 20% de las reservas mundiales de petróleo –calculadas en 250 mil millones de barriles– a lo que se une su cuantiosa reserva en oro y divisas, que en este año 2015 deberán ir encaminadas a cubrir el déficit presupuestario, que se calcula triplique al del año 2014, tras su política de bajar los precios del crudo en aras de sus objetivos estratégicos. Ello, en un marco de presiones políticas internas de una población con altos índices de desempleo –sobre todo en la juventud–, presiones externas derivadas de la acción de grupos takfirí y la crónica lucha que el régimen de Riad mantiene contra Irán, apoyado en esto por Israel y Estados Unidos.
Con Abdolá bin Abdulaziz se consolidó como nunca la alianza militar con Estados Unidos y sus aliados como la entidad sionista y Turquía, en materias que han significado fuertes críticas a que un país como Arabia Saudita, donde radican ciudades y sitios sagrados para el mundo musulmán, permitiese albergar bases militares occidentales al amparo de su entrega incondicional a intereses alejados de la moral y las costumbres y la fe de cientos de millones de musulmanes. Tras la muerte de Abdolá bin Abdulaziz, el quinto de los hijos de Ibn Saud en llegar a reinar sucedido tras su muerte en enero pasado, es sucedido por su hermano Salman bin Abdulaziz quien a pocos meses de su entronización ya comienza a tener serias dificultades internas y externas. Principalmente por las intrigas palaciegas de una familia que se resiste a los cambios en materias políticas internas, en el nuevo ajedrez geoestratégico de una región que ve crecer enormemente la influencia de la república Islámica de Irán, la baja del precio del petróleo y los nuevos aires de resistencia de la república de Siria, que apoyada por Irán y Rusia planta cara a las agresiones contra su pueblo.
El Rey Salman bin Abdulaziz, como primera medida y como una manera de mostrar seguridad, decisión y asegurar la estabilidad en una casa reinante con cientos de aspiraciones personales, dio a conocer, incluso antes de las exequias de su hermanastro Abdolá, el nombre de sus sucesores. Como primer heredero nombró su medio hermano el príncipe Muqrin, de 69 años. El segundo en la línea al trono fue nombrado su sobrino Mohamed Bin Nayef, de 55 años. Pero, al cabo de tres meses Salman dio un golpe de autoridad que remeció los cimientos de la Casa al Saud, desplazando a Muqrin y nombrando en su lugar, como príncipe heredero, a su sobrino Mohamed bin Nayef. Como sucesor de bin Nayef fue nombrado el hijo de Salman, Mohamad bin Salman, marcando así el paso del poder de los hijos a los nietos del fundador del reino.
El anuncio pareció asegurar la sucesión para los próximos años, cerrando así –al menos en el plano formal- la posibilidad que las intrigas palaciegas se expresen y dando solución a uno de los retos internos de un reino con una clase gobernante absolutista. Pero tal deseo no se corresponde con la realidad pues ha comenzado a develarse que el verdadero poder detrás del trono está en manos de Mohamad bin Salman quien ocupa el cargo de Ministro de Defensa. Y que además mostró que en materia de política exterior está por endurecer la presencia militar saudí en la región tras la decisión de agredir a Yemen a partir del día 26 de marzo del 2015 y de la cual es uno de los principales responsables de una guerra de agresión que ha ocasionado 7 mil muertos, entre ellos 1.600 niños y 1.100 mujeres.
Ese estrecho grupo de personas ligadas por lazos sanguíneos, donde sobresale el clan Sudairi, son las que usufructúan de las riquezas derivadas de la venta del petróleo, en una vida ostentosa y alejada de los cánones morales que supone su base religiosa, ha demostrado su enorme fragilidad en materia de llevar adelante su política interna y su creciente y sostenida agresividad en materia de sus intervenciones en política exterior. Entre ellas reducir las amenazas que significa la presencia de Al Qaeda, logrando a punta de sangre y fuego que su acciones se trasladaran al sur de la Península, a Yemen, donde una facción de ese grupo Takfirí opera a través del movimiento denominado Al Qaeda de la Península Arábiga.
A la par de contener con su agresión al pueblo yemení las acciones del Movimiento Ansarolá que defiende los intereses de la agredida población chiita de ese país. Al mismo tiempo, y en base a una costosa y sangrienta política de represión la Monarquía Saudíya, a costa del incremento de la política de represión de su población y vecinos, la influencia de los movimientos de cambio que se iniciaron en Túnez, derribaron el gobierno de Libia, el de Egipto y que han convulsionado a algunos Estados del Golfo Pérsico, gran parte de ellos regidos por férreas monarquías, que en el caso de Bahréin, por ejemplo, significaron la presencia de tropas enviadas por Riad para contener los afanes de libertad de la población bahreiní, mayoritariamente chiita.
La Casa al Saud y su doctrina religiosa basada en el Wahabismo ha hecho de la embestida sangrienta a sus vecinos y de su apoyo al terrorismo takfirí una práctica cotidiana. Bahrein y Yemen han sido víctimas de las incursiones, bombardeos y la hostilidad del gobierno saudí en forma directa. Siria, por su parte, ha resistido los embates de fuerzas terroristas takfirí como el Frente al Nusra y Daesh que han sido bandas armadas financiadas, armadas y consolidadas en su acción criminal por Riad en conveniencia con el régimen sionista y Estados Unidos.
Una monarquía incapaz
Parte importante de esta visión que Arabia Saudita se encuentra regida por una Monarquía tullida y rancia deriva de su incompetencia, no sólo para manejar sus políticas de relaciones internas e internacionales o someterse a los dictados de occidente y participar de un alianzas con el enemigo más enconado con que se enfrenta el mundo musulmán como es la entidad sionista, sino también su incompetencia frente al deber que le asiste como refugio de ciudades, sitios y mezquitas sagradas para el Islam.
Incompetencia e ineficacia para dar cuenta de políticas de seguridad y prevención de riesgos frente a los millones de peregrinos, que en razón de sus actos de fe acuden a visitar los sitios sagrados ubicados en este país y que han significado exponerse a serios peligros en materia de alojamientos –con incendios de hoteles-, avalanchas humanas frente a escasas medidas de orientación y resguardo, protección para la vida y seguridad personal frente a atentados contra la vida de niños –como fue el caso de al agresión sexual a dos niños iraníes por parte de la policía saudí– y que hace pocos días ha tenido su corolario sangriento con la muerte, al menos de 4.200 peregrinos -según cifras entregadas por las propias autoridades sanitarias de Arabia Saudita- que en el marco del Hach –uno de los cinco pilares del islam– se dirigían al Velldel Mina, ubicada a cinco kilómetros al este de La Meca, en el Puente de Jamarat para realizar el ritual de la “lapidación del diablo” –Hach- y fueron parte y víctimas de una estampida desencadenada por el cierre de dos de los cincos accesos a la zona del Valle de Mina y la irrupción de una comitiva de cientos de soldados y policías que protegían a Mohamad bin Salman hijo del Rey Salman, quien se hizo presente en un lugar donde decenas de miles de personas pugnaban por participar de este rito.
Un desastre que enluta a miles de familias y al mundo musulmán en su conjunto y que debe llenar de vergüenza al gobierno saudí. Las autoridades iraníes, que se han hecho parte de las denuncias contra el gobierno saudí, por la responsabilidad en los hechos pues los muertos de la nación persa se elevan a los 200 y centenares de heridos, ha declarado a través de su líder religioso el Ayatolá Seyed Alí Jamenei que, "El Gobierno saudí está obligado a asumir su gran responsabilidad en este amargo incidente y cumplir con sus obligaciones conforme con el imperio de la Justicia y la Equidad. La mala gestión e inapropiadas medidas tomadas por las autoridades saudíes han sido factores que provocaron esta tragedia y no deben pasarse por alto”.
Diversos gobiernos como el de Indonesia, Irán o Egipto, entre otros, han expresado que las muertes en Mina no deben quedar en el olvido, deben ser el comienzo de una decisión mayor, signando expresamente, como es el caso del gobierno de Teherán, que es hora de buscar que sean otros los custodios de dos santuarios sagrados como son La Meca y la ciudad de Medina, de la Mezquita Al Haram, la Kaaba. Hay que comenzar una campaña mundial que no sólo involucre a los creyentes musulmanes para salvar este patrimonio de la humanidad de una Monarquía que ha dado muestras que su preocupación no es la religión, no los 1.400 millones de creyentes del Islam, sino que el resguardo de sus propios intereses políticos, económicos y geoestratégicos. Un país así no merece tener en su seno sitios de enorme trascendencia para parte importante de la humanidad.


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